Por Andrés Agüero Gonzales
Las historias son una forma especial de revelarnos quiénes somos, con quiénes nos identificamos o quiénes queremos llegar a ser. Uno de los cuentos que nos ayuda a mirarnos en ese espejo es "El sueño del Pongo" de José María Arguedas, ya que contiene una belleza lírica y una habilidad envolvente que atrapa al lector de principio a fin, y que aún mantiene su vigencia entre los lectores.
La narración presenta a un pongo,
quien es el último sirviente de una hacienda y es maltratado de manera
especialmente humillante por su patrón, quien lo martiriza todos los días
delante de los demás sirvientes. Una tarde, después de la humillación habitual,
el pongo le cuenta su sueño. Después de morir, ambos son juzgados y reciben sus
respectivos castigos: el amo es untado con miel mientras que el pongo es
embadurnado con excremento. El patrón se complace en la narración y le dice que
así tiene que ser. Sin embargo, el cuento termina cuando el santo que dispone
los castigos les ordena que se paren uno frente al otro y se laman mutuamente
durante mucho tiempo.
Leí esta historia durante mi
adolescencia y una de las preguntas que siempre me quedó en la mente fue cuál
fue el destino del pongo después de que le contara su sueño al patrón delante
de los demás sirvientes. Me imaginaba la terrible golpiza que debió haber
recibido, y a veces pensaba que el patrón había sido capaz de matarlo. Aún
recuerdo la pena que sentía por ese personaje indefenso que siempre era
humillado.
Cuando releí el cuento durante
mis años universitarios, me di cuenta de que la narración indígena que Arguedas
atribuye a un comunero utiliza la estrategia de la intervención divina. Sin
embargo, no en el sentido tradicional de tener que esperar más allá de la
muerte para obtener justicia, sino en que la justicia es algo inevitable. Tanto
es así que incluso Dios y los santos están dispuestos a tomar partido por los
más débiles.
La prueba de esta hipótesis, que
puede resultar descabellada para algunos creyentes, es que es el pongo quien
cuenta la historia, no un profeta enviado por el Todopoderoso. Es el más
humilde de todos quien revela esta verdad: la divinidad está del lado de los
débiles y la justicia se impondrá tarde o temprano
En las últimas semanas, he estado
leyendo fragmentos de este texto con los estudiantes de una escuela pública de
secundaria con los que trabajo. Me sorprendieron sus ideas sobre lo que pasa
por la mente de alguien que disfruta maltratando a otro y por qué el pongo
acepta ese maltrato inhumano. Muchos concluyeron que el patrón actuaba así
porque se sentía superior, y que esta superioridad era producto de su poder
económico y educación, un modelo en el que le habían enseñado que los pongos
valían muy poco. Por otra parte, concluyeron que el pongo soportaba el maltrato
porque probablemente no tenía otro empleo y temía el poder del patrón.
Fue inevitable que algunos de
ellos notaran que todavía existen patrones y pongos en la actualidad, personas
que maltratan y otras que se dejan maltratar. Los motivos por los que se
soporta este maltrato están asociados con la condición económica y los modelos
educativos racistas y discriminatorios de nuestra sociedad. Creo que las
reflexiones de estos adolescentes inteligentes y talentosos me alegraron el
corazón, y creo que José María Arguedas también se hubiera alegrado.
Sin embargo, no puedo evitar sentirme un poco como un pongo durante esas clases. Este año me ha tocado trabajar en un centro educativo que tiene más de veinte años sin que el Estado (ese que gasta millones de soles en viajes de congresistas, contrataciones a periodistas y sobornos encubiertos a medios de comunicación) haya construido una infraestructura con las condiciones mínimas para que los estudiantes puedan estudiar con algo de comodidad y tener una mejor educación y proyección de futuro.
Me sentí como un pongo porque me
di cuenta de que aceptamos ese maltrato sin decir nada, que aceptamos esas
humillaciones sin reclamar, sin escribir una línea ni decir una palabra. Quizá
a eso nos acostumbra el sistema. Sin embargo, creo que uno de los primeros
pasos para dejar de soportar la humillación puede ser reflexionar en voz alta y
darnos cuenta juntos de que estamos permitiendo que nos maltraten y de que el
silencio no es correcto. Hay que decir algo, aunque esas palabras puedan ser
incómodas.
Otro aspecto que ha vuelto a mi
memoria es si es recomendable tratar este tipo de literatura con los
adolescentes. Recuerdo haber escuchado a alguien decir con furia que los textos
de Arguedas solo sirven para crear resentidos sociales (un término despectivo
para referirse a quienes reclaman o se muestran inconformes con ciertas
realidades). Esta inquietud me quedó rondando en la mente y la sometí a la
consideración de mis estudiantes.
Algunos opinaron que lo que
cuenta Arguedas es producto de su resentimiento debido a las duras vivencias de
su infancia y que eso determinó que plasmara esa historia. Otros, sin embargo,
consideraron que lo que Arguedas buscaba era hacernos reflexionar acerca de la
necesidad de buscar justicia, entendiendo por justicia que existe una realidad
inaceptable (la realidad del pongo) y que debe haber algún poder que cambie esa
realidad.
Creo que la literatura es una herramienta poderosa para reflexionar y cambiar nuestra realidad. Es tan burdo pensar que un texto de Arguedas puede crear resentimiento como considerar que una persona se convertirá en buena solo por leer la Biblia. Detrás de la afirmación de que la literatura de Arguedas genera resentimiento, creo que hay miedo. Un miedo patológico a que las personas dejen de ser sumisas y tomen acción para cambiar las injusticias sociales a las que nos enfrentamos en contextos donde parece imposible luchar.
Por último, debo hacer una
confesión personal. He escrito esta página para sentirme un poco menos pongo.
No menos indio, sino menos sumiso. El pongo era un buen trabajador, humilde,
hábil y cumplía todo lo que le mandaban, pero a cambio solo recibía maltrato.
Creo que con este texto estoy empezando a liberarme de ese maltrato.