lunes, 10 de abril de 2023

El sueño del Pongo: una lucha por la justicia y la igualdad en el Perú de hoy

 Por Andrés Agüero Gonzales
 

Las historias son una forma especial de revelarnos quiénes somos, con quiénes nos identificamos o quiénes queremos llegar a ser. Uno de los cuentos que nos ayuda a mirarnos en ese espejo es "El sueño del Pongo" de José María Arguedas, ya que contiene una belleza lírica y una habilidad envolvente que atrapa al lector de principio a fin, y que aún mantiene su vigencia entre los lectores.

La narración presenta a un pongo, quien es el último sirviente de una hacienda y es maltratado de manera especialmente humillante por su patrón, quien lo martiriza todos los días delante de los demás sirvientes. Una tarde, después de la humillación habitual, el pongo le cuenta su sueño. Después de morir, ambos son juzgados y reciben sus respectivos castigos: el amo es untado con miel mientras que el pongo es embadurnado con excremento. El patrón se complace en la narración y le dice que así tiene que ser. Sin embargo, el cuento termina cuando el santo que dispone los castigos les ordena que se paren uno frente al otro y se laman mutuamente durante mucho tiempo.

Leí esta historia durante mi adolescencia y una de las preguntas que siempre me quedó en la mente fue cuál fue el destino del pongo después de que le contara su sueño al patrón delante de los demás sirvientes. Me imaginaba la terrible golpiza que debió haber recibido, y a veces pensaba que el patrón había sido capaz de matarlo. Aún recuerdo la pena que sentía por ese personaje indefenso que siempre era humillado.

Cuando releí el cuento durante mis años universitarios, me di cuenta de que la narración indígena que Arguedas atribuye a un comunero utiliza la estrategia de la intervención divina. Sin embargo, no en el sentido tradicional de tener que esperar más allá de la muerte para obtener justicia, sino en que la justicia es algo inevitable. Tanto es así que incluso Dios y los santos están dispuestos a tomar partido por los más débiles.

La prueba de esta hipótesis, que puede resultar descabellada para algunos creyentes, es que es el pongo quien cuenta la historia, no un profeta enviado por el Todopoderoso. Es el más humilde de todos quien revela esta verdad: la divinidad está del lado de los débiles y la justicia se impondrá tarde o temprano

En las últimas semanas, he estado leyendo fragmentos de este texto con los estudiantes de una escuela pública de secundaria con los que trabajo. Me sorprendieron sus ideas sobre lo que pasa por la mente de alguien que disfruta maltratando a otro y por qué el pongo acepta ese maltrato inhumano. Muchos concluyeron que el patrón actuaba así porque se sentía superior, y que esta superioridad era producto de su poder económico y educación, un modelo en el que le habían enseñado que los pongos valían muy poco. Por otra parte, concluyeron que el pongo soportaba el maltrato porque probablemente no tenía otro empleo y temía el poder del patrón.

Fue inevitable que algunos de ellos notaran que todavía existen patrones y pongos en la actualidad, personas que maltratan y otras que se dejan maltratar. Los motivos por los que se soporta este maltrato están asociados con la condición económica y los modelos educativos racistas y discriminatorios de nuestra sociedad. Creo que las reflexiones de estos adolescentes inteligentes y talentosos me alegraron el corazón, y creo que José María Arguedas también se hubiera alegrado.

Sin embargo, no puedo evitar sentirme un poco como un pongo durante esas clases. Este año me ha tocado trabajar en un centro educativo que tiene más de veinte años sin que el Estado (ese que gasta millones de soles en viajes de congresistas, contrataciones a periodistas y sobornos encubiertos a medios de comunicación) haya construido una infraestructura con las condiciones mínimas para que los estudiantes puedan estudiar con algo de comodidad y tener una mejor educación y proyección de futuro.

Me sentí como un pongo porque me di cuenta de que aceptamos ese maltrato sin decir nada, que aceptamos esas humillaciones sin reclamar, sin escribir una línea ni decir una palabra. Quizá a eso nos acostumbra el sistema. Sin embargo, creo que uno de los primeros pasos para dejar de soportar la humillación puede ser reflexionar en voz alta y darnos cuenta juntos de que estamos permitiendo que nos maltraten y de que el silencio no es correcto. Hay que decir algo, aunque esas palabras puedan ser incómodas.

Otro aspecto que ha vuelto a mi memoria es si es recomendable tratar este tipo de literatura con los adolescentes. Recuerdo haber escuchado a alguien decir con furia que los textos de Arguedas solo sirven para crear resentidos sociales (un término despectivo para referirse a quienes reclaman o se muestran inconformes con ciertas realidades). Esta inquietud me quedó rondando en la mente y la sometí a la consideración de mis estudiantes.

Algunos opinaron que lo que cuenta Arguedas es producto de su resentimiento debido a las duras vivencias de su infancia y que eso determinó que plasmara esa historia. Otros, sin embargo, consideraron que lo que Arguedas buscaba era hacernos reflexionar acerca de la necesidad de buscar justicia, entendiendo por justicia que existe una realidad inaceptable (la realidad del pongo) y que debe haber algún poder que cambie esa realidad.

Creo que la literatura es una herramienta poderosa para reflexionar y cambiar nuestra realidad. Es tan burdo pensar que un texto de Arguedas puede crear resentimiento como considerar que una persona se convertirá en buena solo por leer la Biblia. Detrás de la afirmación de que la literatura de Arguedas genera resentimiento, creo que hay miedo. Un miedo patológico a que las personas dejen de ser sumisas y tomen acción para cambiar las injusticias sociales a las que nos enfrentamos en contextos donde parece imposible luchar.

Por último, debo hacer una confesión personal. He escrito esta página para sentirme un poco menos pongo. No menos indio, sino menos sumiso. El pongo era un buen trabajador, humilde, hábil y cumplía todo lo que le mandaban, pero a cambio solo recibía maltrato. Creo que con este texto estoy empezando a liberarme de ese maltrato.


El sueño del Pongo: una lucha por la justicia y la igualdad en el Perú de hoy

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