lunes, 10 de abril de 2023

El sueño del Pongo: una lucha por la justicia y la igualdad en el Perú de hoy

 Por Andrés Agüero Gonzales
 

Las historias son una forma especial de revelarnos quiénes somos, con quiénes nos identificamos o quiénes queremos llegar a ser. Uno de los cuentos que nos ayuda a mirarnos en ese espejo es "El sueño del Pongo" de José María Arguedas, ya que contiene una belleza lírica y una habilidad envolvente que atrapa al lector de principio a fin, y que aún mantiene su vigencia entre los lectores.

La narración presenta a un pongo, quien es el último sirviente de una hacienda y es maltratado de manera especialmente humillante por su patrón, quien lo martiriza todos los días delante de los demás sirvientes. Una tarde, después de la humillación habitual, el pongo le cuenta su sueño. Después de morir, ambos son juzgados y reciben sus respectivos castigos: el amo es untado con miel mientras que el pongo es embadurnado con excremento. El patrón se complace en la narración y le dice que así tiene que ser. Sin embargo, el cuento termina cuando el santo que dispone los castigos les ordena que se paren uno frente al otro y se laman mutuamente durante mucho tiempo.

Leí esta historia durante mi adolescencia y una de las preguntas que siempre me quedó en la mente fue cuál fue el destino del pongo después de que le contara su sueño al patrón delante de los demás sirvientes. Me imaginaba la terrible golpiza que debió haber recibido, y a veces pensaba que el patrón había sido capaz de matarlo. Aún recuerdo la pena que sentía por ese personaje indefenso que siempre era humillado.

Cuando releí el cuento durante mis años universitarios, me di cuenta de que la narración indígena que Arguedas atribuye a un comunero utiliza la estrategia de la intervención divina. Sin embargo, no en el sentido tradicional de tener que esperar más allá de la muerte para obtener justicia, sino en que la justicia es algo inevitable. Tanto es así que incluso Dios y los santos están dispuestos a tomar partido por los más débiles.

La prueba de esta hipótesis, que puede resultar descabellada para algunos creyentes, es que es el pongo quien cuenta la historia, no un profeta enviado por el Todopoderoso. Es el más humilde de todos quien revela esta verdad: la divinidad está del lado de los débiles y la justicia se impondrá tarde o temprano

En las últimas semanas, he estado leyendo fragmentos de este texto con los estudiantes de una escuela pública de secundaria con los que trabajo. Me sorprendieron sus ideas sobre lo que pasa por la mente de alguien que disfruta maltratando a otro y por qué el pongo acepta ese maltrato inhumano. Muchos concluyeron que el patrón actuaba así porque se sentía superior, y que esta superioridad era producto de su poder económico y educación, un modelo en el que le habían enseñado que los pongos valían muy poco. Por otra parte, concluyeron que el pongo soportaba el maltrato porque probablemente no tenía otro empleo y temía el poder del patrón.

Fue inevitable que algunos de ellos notaran que todavía existen patrones y pongos en la actualidad, personas que maltratan y otras que se dejan maltratar. Los motivos por los que se soporta este maltrato están asociados con la condición económica y los modelos educativos racistas y discriminatorios de nuestra sociedad. Creo que las reflexiones de estos adolescentes inteligentes y talentosos me alegraron el corazón, y creo que José María Arguedas también se hubiera alegrado.

Sin embargo, no puedo evitar sentirme un poco como un pongo durante esas clases. Este año me ha tocado trabajar en un centro educativo que tiene más de veinte años sin que el Estado (ese que gasta millones de soles en viajes de congresistas, contrataciones a periodistas y sobornos encubiertos a medios de comunicación) haya construido una infraestructura con las condiciones mínimas para que los estudiantes puedan estudiar con algo de comodidad y tener una mejor educación y proyección de futuro.

Me sentí como un pongo porque me di cuenta de que aceptamos ese maltrato sin decir nada, que aceptamos esas humillaciones sin reclamar, sin escribir una línea ni decir una palabra. Quizá a eso nos acostumbra el sistema. Sin embargo, creo que uno de los primeros pasos para dejar de soportar la humillación puede ser reflexionar en voz alta y darnos cuenta juntos de que estamos permitiendo que nos maltraten y de que el silencio no es correcto. Hay que decir algo, aunque esas palabras puedan ser incómodas.

Otro aspecto que ha vuelto a mi memoria es si es recomendable tratar este tipo de literatura con los adolescentes. Recuerdo haber escuchado a alguien decir con furia que los textos de Arguedas solo sirven para crear resentidos sociales (un término despectivo para referirse a quienes reclaman o se muestran inconformes con ciertas realidades). Esta inquietud me quedó rondando en la mente y la sometí a la consideración de mis estudiantes.

Algunos opinaron que lo que cuenta Arguedas es producto de su resentimiento debido a las duras vivencias de su infancia y que eso determinó que plasmara esa historia. Otros, sin embargo, consideraron que lo que Arguedas buscaba era hacernos reflexionar acerca de la necesidad de buscar justicia, entendiendo por justicia que existe una realidad inaceptable (la realidad del pongo) y que debe haber algún poder que cambie esa realidad.

Creo que la literatura es una herramienta poderosa para reflexionar y cambiar nuestra realidad. Es tan burdo pensar que un texto de Arguedas puede crear resentimiento como considerar que una persona se convertirá en buena solo por leer la Biblia. Detrás de la afirmación de que la literatura de Arguedas genera resentimiento, creo que hay miedo. Un miedo patológico a que las personas dejen de ser sumisas y tomen acción para cambiar las injusticias sociales a las que nos enfrentamos en contextos donde parece imposible luchar.

Por último, debo hacer una confesión personal. He escrito esta página para sentirme un poco menos pongo. No menos indio, sino menos sumiso. El pongo era un buen trabajador, humilde, hábil y cumplía todo lo que le mandaban, pero a cambio solo recibía maltrato. Creo que con este texto estoy empezando a liberarme de ese maltrato.


martes, 7 de marzo de 2023

El corazón de las tinieblas o una radiografía tétrica del miedo y del absurdo

Por Andrés Agüero Gonzales


Hace unas semanas leí el famoso libro El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.  El autor nos cuenta, a través de Marlow, personaje narrador de la novela, las peripecias juveniles de este inglés del siglo XIX, que se dedicó a colonizar las zonas más profundas del Congo en el África. Quien no haya leído el texto podría asumir que es una secuencia de escenas sangrientas de enfrentamientos entre nativos y colonizadores europeos, encuentros con caníbales, mujeres exóticas y peligrosas, una enumeración de los abusos coloniales con el objetivo de conseguir la mayor cantidad de marfil y venderlo al mejor precio, o de arduas excursiones por las frondosas selvas de ese mágico y bello continente.  Sin embargo, la novela no es una concatenación de este tipo de historias.

La narración de Conrad es, antes que nada, un viaje por la mente perturbada de Marlow que ha vivido los horrores de las empresas colonizadoras europeas de esa época.  Para ejemplificar esta premisa, podríamos decir que no es la narración propia y minuciosa de unos caníbales que intentan comerse a los ingleses que los han contratado para guiarlos por la selva, sino la narración del horror de sentir que pueden ser devorados por esta especie de monstruo con forma humana. Conrad, con prosa inteligente y poética, evidencia, en muchos pasajes, la desesperación que puede sentir quien se encuentra atrapado en medio de la jungla africana, que cree que nunca debió de iniciar esa aventura ilógica y que, por haber cometido ese desvarío, no saldrá con vida de ese lugar. Nos presenta una radiografía tétrica del miedo y lo absurdo que es buscar algo que queríamos con ansias, pero que solo parece que nos destruirá.

La lectura de esta novela puede resultar cansada y poco alentadora para algunos lectores contemporáneos.  Primero, por la estructura textual de párrafos largos y de descripciones minuciosas con un lenguaje elaborado y elegante (tendencia que en la narrativa actual está en desuso).  También porque el centro de la acción narrativa no es una historia que se compone de hechos que se suceden desde un inicio pacífico, pasando por un momento álgido y terminando con un final inesperado o conmovedor; sino que se complace en detenerse en las reflexiones y la exposición de la mirada particular que tiene el narrador personaje de sus propias aventuras. Además, el relato está cargado de una atmósfera de pesimismo que por momentos genera esa sensación de asfixia que no siempre es bien recibida por lectores hedonistas. El texto es, sobre todo, una especie de repaso por los recuerdos de quien vivió los horrores de un viaje a un lugar que estaría muy cerca de lo que el personaje principal de la novela considera parecido al mismo infierno.

De la novela me han quedado algunas reflexiones. La primera es que, en la actualidad, para quienes vivimos en las ciudades, no existen lugares terrenos a los cuales se pueda marchar a vivir aventuras como las que narra Conrad. No pervive un gran continente inexplorado, al que podamos marchar con el imperativo de estar desconectados, al que habiten seres peligrosos de los cuales no sabemos nada y del que quizá no haya posibilidad de volver.  Por supuesto, existen lugares de la tierra alejados y bellos, con sus consabidos peligros, a los que muchos aventureros van a buscar, aunque sea una gota de aventura paroxística. Pero estos lugares no representan en la actualidad lo que América entre los siglos XV y XVIII, ni el África hasta principios del siglo XX. Cada día que pasa, las modernas tecnologías que nos acercan los paisajes más increíbles a través de los celulares hacia el rostro vacío de nuestros pulgares nos van dejando cada vez más huérfanos de ese tipo de territorios y empresas alucinantes que el quijotesco Cervantes hubiera querido vivir, incluso en el Perú. En la actualidad, solo nos quedan remedos plásticos y comerciales como los que proyecta la National Geographic, esos tours que son puestas en escenas peripatéticas que suelen realizar los turistas (entre los que me encuentro algunas veces) para colocar en sus historias de Instagram y que se pueden pagar con una tarjeta de crédito, siempre que cuente con la suficiente solvencia que te dan, como ningún otro, los rostros de los expresidentes estadounidenses. La tecnología nos acerca el conocimiento de nuestro mundo, pero de modo inevitable nos roba la posibilidad de una épica como la de los conquistadores. Quizá los lugares análogos para estas aventuras sean las empresas espaciales que pretenden llevar al hombre a Marte o más allá (a veces he llegado a pensar que Elon Musk es una analogía de Pizarro, el porquero que capturó a Atahualpa).

Otra cuestión que me quedó flotando en la mente después de leer esta novela es que, en el Perú, al menos en los programas literarios preuniversitarios (que son los únicos que van quedando, porque en la escuela básica no interesa mucho la competencia literaria y en la mayoría de las universidades ya ni se dicta como curso general), no se estudia ninguna novela en la que se narren aventuras de este tipo. Seguramente existen relatos literarios acerca de la explotación del guano y salitre, pero no son novelas que se hayan difundido como otras narrativas, la andina o la urbana, quizá por el trauma que significó su pérdida violenta a manos de Chile en la guerra de 1879. Por otra parte, la selva es una región que los conquistadores españoles siempre vieron con recelo y hasta temor. La República la trató como un lastre -quizá por eso se permitió que Brasil, sin hacer ninguna guerra, se apoderara de una gran cantidad de territorio amazónico que pertenecía al Perú- y solo después de que se supo que el caucho era una fuente dineraria importante se la miró con lujuriosa codicia, pero para saquearla sin cuartel como se ha hecho a lo largo de la historia triste de nuestro pueblo. Sin embargo, sobre su colonización y la explotación del caucho no existe una novela que compita en difusión con las narrativas, por ejemplo, de Arguedas o Ribeyro. ¿Existe acaso una gran ignorancia respecto de las novelas de la aventura conquistadora en el Perú o no han sido fenómenos que hayan impactado significativamente el alma de nuestra cultura? Este es un tema de estudio y difusión pendiente.

Un tercer aspecto sobre el que la novela de Conrad me obligó a reflexionar es la capacidad aparentemente innata que tenemos los seres humanos para diferenciarnos de otros miembros de nuestra especie por cuestiones culturales. En el decurso del texto, el personaje en múltiples ocasiones se pregunta o insinúa si acaso él es igual que los salvajes o el vivir en ese contexto hostil lo va a deshumanizar y lo convertirá en “el otro”, “el salvaje africano”.  Por supuesto, no se puede culpar a quien va a morir de no querer parecerse a sus victimarios, pero cuando el personaje se refiere a los africanos en el discurso narrativo es evidente que hay una operación inconsciente de deshumanización del otro (lo que algunos críticos han leído como un imperdonable racismo).  Sin embargo, las atrocidades de la que es testigo el narrador personaje de la novela lo obligan a preguntarse si no es él mismo acaso más salvaje que los africanos. Quizá todos, al fin y al cabo, estamos hechos de la misma materia del espíritu.  Esta posibilidad de encontrarse en el otro es algo que a muchas personas y a los políticos nos hace falta. Andamos por las ciudades muy seguros de quiénes somos y de nuestra importancia, pero no haría mal que nos preguntemos si no somos más parecidos de lo que pensamos que quien va en la acera de en frente o quien está en el otro extremo de nuestra forma de pensamiento.  

La novela de Conrad es recomendable, quizá no para quien se inicia en la lectura de textos literarios, pero sí para quien quiera darse una vuelta por las miserias que quedan en el espíritu de quienes buscan una aventura llena de épica y heroísmo, pero terminan encontrando desolación, miedo, muerte y absurdo.

martes, 22 de febrero de 2022

¿La Flor Pucarina contradice a los estoicos?


A mi madre, Betty Gonzales, que canta esos huaynos que me alegra el corazón.


Por Andrés Agüero

Existen tantas formas de afrontar o enfrentar la vida como hay seres humanos en este mundo (aunque la posmodernidad y la lógica de mercado a veces demuestran lo contrario).  Una de esas maneras fue, en la antigua Grecia, el estoicismo. Explicar sus planteamientos filosóficos en un breve artículo es complicado, pero esperamos que la desleal síntesis sea válida para exponer nuestro razonamiento respecto de un Huayno de la Flor Pucarina.

Los estoicos creían que todo en la naturaleza, incluyendo a Dios, estaba dominado por una ley universal racional (el logos), y que si el hombre usaba su razón podría comprenderla y vivir en armonía con ella.  Esto implicaba que el ser humano debía aceptar su condición porque es parte de la naturaleza que es perfecta.  Por eso, era inadmisible para un estoico que un hombre sabio ceda sin freno, mesura o razón (logos) a satisfacer desmedidamente los placeres que el cuerpo le exige. Hacerlo sería ir en contra de la Naturaleza o de Dios, ambos seres perfectos, modelos de virtud y fuente de felicidad porque están dominados por la racionalidad y el equilibrio.  Por eso, los estoicos rechazaban la obtención del placer o el disfrute de bienes materiales o terrenales como camino para el logro de la felicidad.  Por el contrario, sostenían que la única manera de hacerlo era concentrándose en la comprensión del logos que los unía a la naturaleza y a al Creador. (Martos, 1998). Un ejemplo contemporáneo de estoico sería un monje de clausura que decide alejarse de todo lo terrenal y evitar todo placer del cuerpo para ir a vivir a un convento y ahí estudiar a la naturaleza y a la divinidad, pero no como un acto de privación, sino porque está convencido de que ese es el camino para ser feliz.

Ahora bien, muchos estudiosos de la cultura Andina, desde Arguedas hasta Rostorowsky, han advertido que no se debe intentar comprender esta cosmovisión desde la racionalidad occidental, porque las manifestaciones del Ande tienen su propia lógica y sus propias categorías de pensamiento.  Sin embargo, consideramos que uno de los huaynos de la Flor Pucarina, cantora serrana e insigne de la música Huanca y del Perú, expresa en una de sus canciones una clara contradicción al pensamiento estoico, aunque a su vez confirma esas ideas, sin que esto haya sido necesariamente intencional en la composición musical. Pese a que el enunciado parece incongruente, creemos que en la letra de la canción se encuentra el principal argumento para demostrar nuestra postura.  A continuación, presentamos los versos del bello huayno titulado Joven soy y luego nuestras consideraciones:

Joven soy como las flores

Las horas se van llevando pedazos de vida

Oh vida, dónde me llevas con tus caprichos

Cuando más gozo en la vida, se termina.

El cariño que yo tuve

Se ha marchitado como los lirios del campo

Mis ojos, estos mis ojos tienen la culpa

De haberte amado con locura en la vida

Esta vida no me conviene mejor es la muerte

Esta vida no me conviene mejor es la muerte


(Quienes no han escuchado el huayno pueden hacerlo en este enlace:  https://www.youtube.com/watch?v=VDmMHHKS5rg)

Las dos líneas que inician el tema nos presentan la primera contrariedad con la doctrina estoica ya que la existencia es vista como una agonía producida por el pasar del tiempo. Esto se evidencia desde el primer verso que usa un símil para que el yo poético de la cantora se identifique con la naturaleza (rasgo típico de la cosmovisión andina), y se presenta como las flores, lo que expresa la noción de belleza, pero también de fugacidad porque es condición de toda flor volverse mustia pronto.  El siguiente verso inserta la idea del tiempo que no se concibe como una condición perfecta de la naturaleza que ordena el cosmos, sino como un agente destructor, son las “horas” las que se llevan “pedazos de vida”.  Esta metáfora nos muestra el decurso como una condición dolorosa, ya que parte a la flor, la desmembra para consumirla poco a poco. Podemos observar que, en el huayno, ser una flor no es, como pensaría un estoico, una manifestación perfecta de Dios, sino una condición fatal, ya que el tiempo, que no espera a nadie, la irá destruyendo poco a poco. La primera contradicción con el estoicismo consiste, entonces, en que el existir joven y bello no se vive como una condición natural o material que debiera ser indiferente a quien busca la sabiduría en la razón, sino que produce un profundo dolor porque es un momento deseado, pero fugaz y agónico.

La segunda contradicción con el estoicismo consiste en que el huayno expresa, desde el verso tercero hasta el octavo, que el yo poético se ha sujetado al gozo de lo terrenal sin considerar que estos debieran estar domeñados por la razón. En primer lugar, porque en el tercer y cuarto verso es la vida quien “con sus caprichos” determina el lugar en donde continúa la existencia de la voz cantora.  No es la razón del yo poético la que decide dónde vivir, sino que se deja llevar como la hojarasca, como un ser sin razón o conciencia. Además, se adiciona otro elemento que es contrario a la doctrina estoica, el gozo que alude a lo terrenal y corpóreo porque a continuación se agrega “cuando más gozo en la vida, se termina”.  Este tipo de placer no puede ser el del logos o la razón, porque ese no tiene fin.  La cantora alude a un placer finito y fugaz que es propio del cuerpo.  En segundo lugar, pero siguiendo la misma lógica, los versos desde el quinto hasta el octavo refuerzan lo ya expuesto.  El cariño se marchita como los lirios, es decir, no era un amor dilecto, eterno, imperecedero, sino momentáneo y producto de una ilusión. Esto porque son “mis ojos” los culpables de vivir un amor loco.  Estas metáforas son elocuentes porque los ojos simbolizan la ilusión, se sabe que la vista es uno de los sentidos que fácilmente puede ser burlado cuando sufre alguna perturbación psicológica como ocurre en un enamoramiento. Y al parecer, este es el caso del yo poético que admite haber “amado con locura”.  Nuevamente, la letra nos muestra que la falta de dominio sobre el cuerpo, sobre sus deseos, lleva a quien nos cuenta la historia en este huayno a la locura o al dolor. Todo este fragmento de la canción por antífrasis les da la razón a los estoicos: quien no vive dominado por la razón y cede a los placeres de la carne, será infeliz.

La tercera contradicción con la postura estoica que expone el huayno es la concepción de la muerte.  Para los estoicos la muerte no era un trauma, era una manifestación de la naturaleza, se aceptaba como parte del orden lógico y racional de la vida que debe ser aceptada sin amargura o resentimiento.  Por el contrario, en el huayno los dos últimos versos aluden a la muerte como la solución para una existencia plagada de sufrimientos padecidos por la cantora.  La canción no propone la muerte como un fin natural de la vida, sino como un remedio para “esta vida”, para una en la que todo es fugaz, donde es imposible gozar de la juventud que es arrebatada, donde la falta de razón para dominar sus actos somete a la cantora a amores que son falsos y que la llevan a enloquecer. No se acepta la muerte como un suceso natural, se la invoca como una especie de eutanasia para un alma que no desea seguir sufriendo, lo que es claramente contrario a la doctrina estoica.

En conclusión, consideramos que, en este huayno, no sabemos si de manera consciente o inconsciente, expresa los antípodas del pensamiento de los estoicos, pero a la vez se confirma sus postulados, porque el yo poético hace todo lo que ellos no recomiendan y, como consecuencia lógica, queda al final del huayno un alma que solo pide morir para no seguir sufriendo.

Para concluir quisiéramos agregar que, aunque la narrativa de la canción sea trágica, no por esto deja de ser bella (la literatura está llena de ejemplos de tragedias que aprietan nuestros corazones, pero que necesitamos ver y vivir en los personajes para luego sentirnos más vivos).  Por supuesto, no sabemos explicar con certeza ni razón en qué radica la belleza de ese huayno, quizá en su sencillez lírica para expresar todo el sufrimiento que puede vivir un ser humano en el aspecto existencial y en el amor con tan pocas líneas, o en la belleza del acompañamiento y la interpretación desgarradora y franca de la Flor Pucarina (una de las más grandes cantoras que ha visto nuestro país).  Después de escucharla cantar con sinceridad de artista hecha de tierra y sal y lluvia, queda claro que su obra musical da para mucho más análisis que una sencilla y anecdótica comparación con una antigua doctrina griega.  Pero de eso tendrán que encargarse mentes más preparadas y agudas. La gloria sea con quienes le han cantado a la vida y a la muerte.

Referencia

Martos, J.F. (1998). El concepto de placer en la ética estoica. Florentia Iliberritaria. (9) pp. 199-213. https://revistaseug.ugr.es/index.php/florentia/article/view/4332

lunes, 14 de febrero de 2022

El buen chullachaki: contradicción entre un mito amazónico y la narrativa cristiana

 

Por Andrés Agüero Gonzales

Cada época de la historia ha estado guiada, entre otros elementos, por narrativas que atraviesan la organización social y psicológica de las organizaciones humanas.  En el esclavismo, la noción de un destino inevitable y fatal predominó varios siglos entre los griegos.  Durante la Edad Media fue mucho más generalizado y relevante el discurso cristiano de la vida eterna como premio después de una existencia de padecimientos que debían de soportarse de manera obediente y sumisa. En esa misma línea se podrían incluir otras narrativas como la del progreso o la del eterno retorno; sin embargo, una de las que pervive hasta la actualidad es la cristiana, aunque ya no tiene el mismo impacto que en el medioevo.   Ahora bien, mencionamos la narración cristiana del padecimiento terrenal y el consecuente premio post-mortem de la vida eterna, debido a que identificamos en el relato “Cómo algunos brujos crean personas”, incluido en el libro Las tres mitades de Ino Moxo de César Calvo, una propuesta, hasta cierto punto, contradictoria a la promesa política de la cristiandad.

En el relato mencionado, se cuenta la existencia de un ser que puede ser creado por un brujo amazónico experto, el chullachaki.  Según lo narrado, esta criatura puede tener dos tipos de naturalezas, una mala y otra buena (sobre la mala no nos extenderemos ya que no aportará al análisis).  La buena es una especie de pequeño ser mágico que es capaz de dar felicidad a quien lo conozca y pueda entablar amistad con él. El texto refiere que “Únicamente existen, todo el tiempo que existen, para lo cariñoso, para ayudarle al bien”.  El bien al que alude no es solo de tipo espiritual, sino que está vinculado sobre todo a la abundancia y la tenencia de posesiones terrenales que hacen feliz a un ser humano, lo que va desde tener una descendencia prolífica y llena de felicidad, hasta ser fértil en la crianza de animales y los cultivos o las propiedades. La condición para que el chullachaki actúe de esta manera es que la persona no se haga daño a sí misma y que no se vincule al cristianismo.

Ahora bien, observamos algunas contradicciones entre la narrativa que se crea alrededor de la descripción de un chullachaki y la cristiana.  Primero, en el relato amazónico la criatura benefactora es una creación sobrenatural, pero generada por un hombre que tiene contacto con la dimensión mágica del mundo, un brujo.  Por el contrario, la deidad cristiana pertenece a una dimensión diferente a la humana, anterior a ella, tanto así que es omnipotente, omnisciente y omnipresente, cualidades que no se le atribuyen al ser mágico pagano.  En segundo lugar, en la narrativa amazónica, observamos que la condición que se impone al hombre que encuentra y entabla amistad con el chullachaki bueno, para que pueda acceder a beneficiarse de su magia, es de cumplimiento factible y beneficioso “que no fumes, que no te dañes dañando a otros y que no vayas a la iglesia”.  En el caso de las exigencias cristianas, sus decálogos y mandamientos son bastante complejos y llenos de limitaciones que implican desde privaciones alimenticias hasta sexuales, códigos que han sido endurecidos o flexibilizados según la época y la interpretación de la Iglesia. En tercer lugar, el chullachaki es una deidad personal, una criatura que alguien debe encontrar en medio del bosque y que será una especie de protector personal.  En cambio, en la mitología cristiana, Dios es un ente único y que atiende, debido a sus cualidades sobrenaturales e incomprensibles para la racionalidad, a todos los seres humanos.

Esta contradicción entre las características de las deidades pone de relieve que en la primera se evidencia una simplicidad para acercase a la felicidad que está asociada al disfrute de la naturaleza, al goce de las bondades que esta brinda, al placer que se experimenta a través del cuerpo que puede satisfacer sus necesidades debido a la abundancia en el presente mundo terrenal y a una dimensión mágica que, en el mejor de los casos, no es castigadora.  Su contraparte, el relato cristiano, es una teología del sufrimiento y la obediencia, que vincula lo éticamente bueno a la privación del goce corporal y a la carencia como una especie de requisito que debe de cumplir o soportar el cristiano con el objetivo de disfrutar de un premio que se le dará en el más allá (lo que es claramente una promesa política que quizá no se cumpla). 

Puestos a elegir cada uno es libre de creer en el relato que quiera.  A estas alturas de la vida, algunos nos reprenderán por esta artículo blasfemo y refozarán las razones de su fe, mientras que otros se arriesgarán para buscar en algún bosque amazónico su propio chullachaki bueno.  Así que, quienes quieran marchar al bello oriente peruano, aquí tienen un motivo más. 

PD. Cuidado con encontrase un chullachaki malo, eso sí que lo perjudicaría. 


Imagen tomada de: https://uniandes.edu.co/es/noticias/psicologia/el-juicio-moral-mas-alla-de-lo-bueno-y-lo-malo  





jueves, 14 de enero de 2021

Comentarios a la Odisea I. Telémaco o el viaje a la madurez

Por Andrés Agüero

Cuando reviso los primeros cantos de la Odisea no puedo evitar pensar que el protagonista de esa parte del libro es solo un adolescente muy asustado llamado Telémaco.  Un muchacho que desde hace veinte años no sabe nada de su padre, Odiseo, el rey de Ítaca, la isla donde ha vivido desde niño.

A esta ausencia se suma la tragedia de que su casa y su madre, la fiel y astuta Penélope, son acosados por un grupo de pretendientes vulgares y sin ningún sentido de la ética. Estos no recuerdan ni respetan al ausente rey que durante largos años gobernó con amor de padre sobre toda la isla.  Por el contrario, aprovechan su larga ausencia para intentar hacerse de su mujer y de sus bienes. Sin embargo, debido a que Penélope se resiste a ellos de múltiples e ingeniosas formas, los soberbios jóvenes han decidido devorar literalmente las propiedades del rey hasta que la mujer no acceda a casarse con alguno de ellos.  Todo esto ante la mirada del adolescente timorato e impotente que es el hijo de Odiseo.

Ahora bien, la historia de Telémaco comienza cuando la vida lo obliga a convertirse en un hombre, porque en ese momento su madre y sus bienes están en grave riesgo por la vorágine de los pretendientes.  Pero, ¿cómo puede un muchacho enfrentar una situación tan dura?, ¿cuántos adolescentes de nuestra época viven desamparos más grandes y no logran superarlos?, ¿qué hace que Telémaco sea distinto y que pueda enfrentar tamaña adversidad?

Antes de proseguir, debemos recordar que la literatura griega del periodo Jónico, es decir, hacia el siglo VIII antes de Cristo, a la que pertenece la Odisea, está contextualizada en un sistema económico esclavista.  Para que este sistema funcione era necesario que la gente creyera algunos relatos.  Por ejemplo, que si nacías o caías en esclavitud, ese era tu destino, también que los reyes gobernaban no por su propia voluntad, sino por voluntad de Zeus.  Era muy diferente a nuestra época, aunque nosotros también nos creemos algunos cuentos como el que dice que si trabajas duro el mundo será un lugar mejor o que los pobres son pobres porque ellos quieren (que es una de las ideas más estúpidas que he escuchado).

Pero volviendo a lo de Telémaco, en el momento inicial de su historia le llega la ayuda divina (probablemente porque es hijo de un rey amando por una diosa, que si hubiera sido un chiquillo de pueblo joven nadie lo ayudaba).  Esta deidad lo incita ser valiente y osado, o sea, a ingresar al mundo de los adultos, y enfrentarse a los pretendientes para proteger lo que es suyo.  Por eso, la primera acción de Telémaco es convocar al ágora, que era algo así como el congreso de los Itacenses.

Antes de la reunión del ágora, el narrador cuenta la historia de Egiptio que ha perdido a uno de sus hijos en la guerra de Troya y “por quien lloraba y se afligía”.  Es interesante que el narrador presente el caso de un deudo de la guerra, un hombre que está a las puertas de la muerte y sufre la de haber perdido a un ser querido.  Pero la exposición de Telémaco mostrará que incluso él es más desdichado porque no solo ha perdido al padre, sino sufre las ofensas de los pretendientes.  

El truco literario es brillante, de inmediato todos evocamos las tragedias que involucró la guerra de Troya para el mundo griego y, a pesar de llorar por esas penas, notamos que hay seres más desdichados aún.  Esto mueve inmediatamente al lector no solo a la compasión por el joven príncipe, sino también a identificarse con él, que sufre aún más injusticias.

Esta presentación del personaje como alguien que no es un cobarde, sino que padece al destino e intenta enfrentarse a él con sus limitaciones, se ve reforzada por la exposición que hace  Telémaco de su caso ante todos los ciudadanos de la isla, y que motiva la indignación de algunos de ellos; pero, sobre todo, por la respuesta de los pretendientes.  Estos sostienen que no es su culpa la circunstancia actual. Por el contrario, hacen responsable a la reina Penélope por ser astuta y engañarlos (cualidades que no era femeninas en el mundo antiguo) con la finalidad de guardar fidelidad a Odiseo.  Los pretendientes utilizan un prejuicio aceptado por la sociedad esclavista, la mujer es culpable siempre, incluso antes de ser juzgada.  A esto le suman el insulto a un adivino que interpreta una señal enviada por los dioses que era otro prejuicio  muy difundido en la época, la fe en los agoreros y los presagios.

Ante la respuesta de los pretendientes, el ágora hace lo previsible y responsabiliza a Penélope de los males.  Además, no accede a la segunda petición de Telémaco que era la de facilitarle una nave para ir a buscar noticias de su padre.  El joven príncipe que acaba de vivir una derrota se siente perdido y pretende abandonar la lucha que ni siquiera ha empezado (lo que nos ocurre a todos en muchos momentos de nuestra vida). 

Sin embargo, nuevamente tiene ayuda de Palas Atenea quien le recuerda que son pocos los hijos que superan a los padres. Y Telémaco tiene no cualquier padre a quien debe superar si quiere ser digno de ser llamado su hijo, sino al astuto Odiseo; por eso el esfuerzo no puede ser sencillo. Las palabras de Atenea tocan una fibra sensible de todo joven aristócrata griego, el deseo de ser alguien digno de un nombre y fama. Algo a lo que solo los mejores hombres (los nobles ricos) podían acceden en la antigua Grecia. 

La segunda pista que brinda Homero de que Telémaco está dejando de ser un niño es la decisión hacer caso a Atenea e ir de viaje por su propia cuenta para recabar noticias sobre su padre.  La diosa se ofrece a reclutar la nave y la tripulación. El proceder inmediato del muchacho nos muestra que rápidamente está madurando frente a las circunstancias.  Primero, decide no contar a ninguno de sus siervos sus planes de salir de viaje y solo confiarle esto a la esclava que lo crio, Euríclea.  En el diálogo que tiene con la anciana, que está temerosa de que Telémaco pierda la vida durante el viaje, ella lo regaña dulcemente por su aparente imprudencia; sin embargo, la respuesta de Telémaco es la de un hombre con madurez que se siente seguro de lograr su objetivo porque está acompañado de los dioses. Esta respuesta demuestra dos cualidades que hasta el momento no se habían visto en Telémaco, la prudencia y el reconocimiento de las señales divinas, lo que marca su entrada en la edad adulta.

La segunda parte del tratamiento que se le da a Telémaco en la Odisea implica el reconocimiento de que ya es un hombre.  En los cantos tres y cuatro el príncipe de Ítaca visita a Néstor y a Menelao.  El primero es muy anciano, el más sabio y elocuente de los griegos, que le recuerda la hazaña de Orestes, que ha vengado a su padre matando al asesino Egisto.  Esta sutil mención por parte de Néstor es un aleccionamiento acerca del rol al que está obligado un hijo con su padre, incluso si el progenitor ha muerto. 

Por su parte, Menelao que es el esposo de Helena, a quien le robaron a la mujer, reconoce a Telémaco solo por su similitud física con Odiseo.  De nuevo, esta sutileza del narrador nos muestra que el muchacho ya no es un adolescente tímido al que nadie toma en cuenta, sino que se ha convertido rápidamente en un noble que es reconocido por sus iguales en jerarquía y que es honrado no solo por una diosa que lo quiere y lo protege sino también por los más insignes varones del mundo helénico.

El capítulo cuatro se cierra con la vuelta de la narración a Ítaca donde los pretendientes traman un plan para matarlo, lo que significa que no solo sus amigos lo han legitimado, sino también sus enemigos al considerarlo como una amenaza que debe ser eliminada.

La estrategia para desarrollar este personaje desde eñ inicio de la Odisea es bastante inteligente, ya que empieza por recordarle a la audiencia (en su mayoría varones aristócratas) lo que en algún momento han vivido, la incertidumbre de sentirse poco ser. Por supuesto, los varones excelsos siempre se sobreponen a las dificultades. 

Sin embargo, si extrapolamos esa narrativa a nuestro tiempo, son legítimas las preguntas ¿hemos salido todos victoriosos de alguna hazaña similar en nuestras vidas?, ¿hay dioses que nos ayudan a superar ese miedo que da el ingreso a la madurez? Creo que uno de los momentos en que los jóvenes de nuestra sociedad viven su telemaquía (aventura de Telémaco), es cuando acaban el colegio y tiene que enfrentarse ya no a un simulacro, sino a la vida real. Porque el trabajo para los jóvenes de clases bajas que se insertan al mercado laboral pronto y mal, y la universidad o los estudios para quienes pueden ver subvencionada su educación implican decisiones que afectarán a sus propias vidas y que serán su plena responsabilidad. Quizá por ese motivo podemos identificarnos con el jovencito que al principio de la historia no hace más que quejarse y lloriquear, pero terminamos el libro viendo cómo se ha convertido en un hombre que puede vengar los ultrajes del tiempo y cumplir su rol a cabalidad. Algo que muchos anhelamos lograr en nuestra mortal vida.

 

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