Por Andrés Agüero Gonzales
Cada época de la historia ha
estado guiada, entre otros elementos, por narrativas que atraviesan la
organización social y psicológica de las organizaciones humanas. En el esclavismo, la noción de un destino inevitable
y fatal predominó varios siglos entre los griegos. Durante la Edad Media fue mucho más
generalizado y relevante el discurso cristiano de la vida eterna como premio
después de una existencia de padecimientos que debían de soportarse de manera
obediente y sumisa. En esa misma línea se podrían incluir otras narrativas como
la del progreso o la del eterno retorno; sin embargo, una de las que pervive
hasta la actualidad es la cristiana, aunque ya no tiene el mismo impacto que en
el medioevo. Ahora bien, mencionamos la narración cristiana
del padecimiento terrenal y el consecuente premio post-mortem de la vida eterna,
debido a que identificamos en el relato “Cómo algunos brujos crean personas”, incluido
en el libro Las tres mitades de Ino Moxo de César Calvo, una propuesta,
hasta cierto punto, contradictoria a la promesa política de la cristiandad.
En el relato mencionado, se cuenta
la existencia de un ser que puede ser creado por un brujo amazónico experto, el
chullachaki. Según lo narrado, esta
criatura puede tener dos tipos de naturalezas, una mala y otra buena (sobre la
mala no nos extenderemos ya que no aportará al análisis). La buena es una especie de pequeño ser mágico
que es capaz de dar felicidad a quien lo conozca y pueda entablar amistad con
él. El texto refiere que “Únicamente existen, todo el tiempo que existen, para lo
cariñoso, para ayudarle al bien”. El
bien al que alude no es solo de tipo espiritual, sino que está
vinculado sobre todo a la abundancia y la tenencia de posesiones terrenales que
hacen feliz a un ser humano, lo que va desde tener una descendencia prolífica y
llena de felicidad, hasta ser fértil en la crianza de animales y los cultivos o las propiedades. La
condición para que el chullachaki actúe de esta manera es que la persona no se
haga daño a sí misma y que no se vincule al cristianismo.
Ahora bien, observamos algunas
contradicciones entre la narrativa que se crea alrededor de la descripción de
un chullachaki y la cristiana. Primero,
en el relato amazónico la criatura benefactora es una creación sobrenatural,
pero generada por un hombre que tiene contacto con la dimensión mágica del mundo,
un brujo. Por el contrario, la deidad
cristiana pertenece a una dimensión diferente a la humana, anterior a ella,
tanto así que es omnipotente, omnisciente y omnipresente, cualidades que no se
le atribuyen al ser mágico pagano. En
segundo lugar, en la narrativa amazónica, observamos que la condición que se impone
al hombre que encuentra y entabla amistad con el chullachaki bueno, para que
pueda acceder a beneficiarse de su magia, es de cumplimiento factible y
beneficioso “que no fumes, que no te dañes dañando a otros y que no vayas a la
iglesia”. En el caso de las exigencias cristianas,
sus decálogos y mandamientos son bastante complejos y llenos de limitaciones que
implican desde privaciones alimenticias hasta sexuales, códigos que han sido
endurecidos o flexibilizados según la época y la interpretación de la Iglesia.
En tercer lugar, el chullachaki es una deidad personal, una criatura que
alguien debe encontrar en medio del bosque y que será una especie de protector
personal. En cambio, en la mitología
cristiana, Dios es un ente único y que atiende, debido a sus cualidades
sobrenaturales e incomprensibles para la racionalidad, a todos los seres humanos.
Esta contradicción
entre las características de las deidades pone de relieve que en la primera se evidencia una simplicidad para
acercase a la felicidad que está asociada al disfrute de la naturaleza, al goce
de las bondades que esta brinda, al placer que se experimenta a través del
cuerpo que puede satisfacer sus necesidades debido a la abundancia en el
presente mundo terrenal y a una dimensión mágica que, en el mejor de los casos,
no es castigadora. Su contraparte, el relato cristiano, es una
teología del sufrimiento y la obediencia, que vincula lo éticamente bueno a la
privación del goce corporal y a la carencia como una especie de requisito que
debe de cumplir o soportar el cristiano con el objetivo de disfrutar de un
premio que se le dará en el más allá (lo que es claramente una promesa política
que quizá no se cumpla).
Puestos a elegir cada uno es libre de creer en el relato que quiera. A estas alturas de la vida, algunos nos reprenderán por esta artículo blasfemo y refozarán las razones de su fe, mientras que otros se arriesgarán para buscar en algún bosque amazónico su propio chullachaki bueno. Así que, quienes quieran marchar al bello oriente peruano, aquí tienen un motivo más.
PD. Cuidado con encontrase un chullachaki malo, eso sí que lo perjudicaría.
Imagen tomada de: https://uniandes.edu.co/es/noticias/psicologia/el-juicio-moral-mas-alla-de-lo-bueno-y-lo-malo
No hay comentarios:
Publicar un comentario