Por Andrés Agüero
A
esta ausencia se suma la tragedia de que su casa y su madre, la fiel y astuta Penélope,
son acosados por un grupo de pretendientes vulgares y sin ningún sentido de la
ética. Estos no recuerdan ni respetan al ausente rey que durante largos años gobernó
con amor de padre sobre toda la isla. Por
el contrario, aprovechan su larga ausencia para intentar hacerse de su mujer y
de sus bienes. Sin embargo, debido a que Penélope se resiste a ellos de múltiples
e ingeniosas formas, los soberbios jóvenes han decidido devorar literalmente las
propiedades del rey hasta que la mujer no acceda a casarse con alguno de ellos. Todo esto ante la mirada del adolescente timorato
e impotente que es el hijo de Odiseo.
Ahora
bien, la historia de Telémaco comienza cuando la vida lo obliga a
convertirse en un hombre, porque en ese momento su madre y sus bienes están en grave riesgo por la vorágine de los pretendientes. Pero, ¿cómo puede un muchacho enfrentar una
situación tan dura?, ¿cuántos adolescentes de nuestra época viven desamparos
más grandes y no logran superarlos?, ¿qué hace que Telémaco sea distinto y que pueda
enfrentar tamaña adversidad?
Antes
de proseguir, debemos recordar que la literatura griega del periodo Jónico, es
decir, hacia el siglo VIII antes de Cristo, a la que pertenece la Odisea, está
contextualizada en un sistema económico esclavista. Para que este sistema funcione era necesario
que la gente creyera algunos relatos.
Por ejemplo, que si nacías o caías en esclavitud, ese era tu destino, también
que los reyes gobernaban no por su propia voluntad, sino por voluntad de Zeus. Era muy diferente a nuestra época, aunque nosotros
también nos creemos algunos cuentos como el que dice que si trabajas duro el mundo
será un lugar mejor o que los pobres son pobres porque ellos quieren (que es una de
las ideas más estúpidas que he escuchado).
Pero
volviendo a lo de Telémaco, en el momento inicial de su historia le llega la
ayuda divina (probablemente porque es hijo de un rey amando por una diosa, que
si hubiera sido un chiquillo de pueblo joven nadie lo ayudaba). Esta deidad lo incita ser valiente y osado, o
sea, a ingresar al mundo de los adultos, y enfrentarse a los pretendientes para
proteger lo que es suyo. Por eso, la
primera acción de Telémaco es convocar al ágora, que era algo así como el
congreso de los Itacenses.
Antes de la reunión del ágora, el narrador cuenta la historia de Egiptio que ha perdido a uno de sus hijos en la guerra de Troya y “por quien lloraba y se afligía”. Es interesante que el narrador presente el caso de un deudo de la guerra, un hombre que está a las puertas de la muerte y sufre la de haber perdido a un ser querido. Pero la exposición de Telémaco mostrará que incluso él es más desdichado porque no solo ha perdido al padre, sino sufre las ofensas de los pretendientes.
El truco literario es brillante, de inmediato
todos evocamos las tragedias que involucró la guerra de Troya para el mundo griego y, a
pesar de llorar por esas penas, notamos que hay seres más desdichados aún. Esto mueve inmediatamente al lector no solo a
la compasión por el joven príncipe, sino también a identificarse con él, que
sufre aún más injusticias.
Esta
presentación del personaje como alguien que no es un cobarde, sino que padece al
destino e intenta enfrentarse a él con sus limitaciones, se ve reforzada por la
exposición que hace Telémaco de su caso ante todos los ciudadanos de la isla, y que motiva la indignación de algunos de ellos; pero, sobre todo, por la respuesta de los pretendientes. Estos sostienen que no es su culpa la
circunstancia actual. Por el contrario, hacen responsable a la reina Penélope por ser astuta y engañarlos (cualidades
que no era femeninas en el mundo antiguo) con la finalidad de guardar fidelidad
a Odiseo. Los pretendientes utilizan un prejuicio
aceptado por la sociedad esclavista, la mujer es culpable siempre, incluso
antes de ser juzgada. A esto le suman el
insulto a un adivino que interpreta una señal enviada por los dioses que era
otro prejuicio muy difundido en la época, la fe en los agoreros y los presagios.
Ante
la respuesta de los pretendientes, el ágora hace lo previsible y responsabiliza
a Penélope de los males. Además, no
accede a la segunda petición de Telémaco que era la de facilitarle una nave para ir a buscar noticias de su padre.
El joven príncipe que acaba de vivir una derrota se siente perdido y pretende
abandonar la lucha que ni siquiera ha empezado (lo que nos ocurre a todos en muchos
momentos de nuestra vida).
Sin
embargo, nuevamente tiene ayuda de Palas Atenea quien le recuerda que son pocos
los hijos que superan a los padres. Y Telémaco tiene no cualquier padre a
quien debe superar si quiere ser digno de ser llamado su hijo, sino al astuto Odiseo; por eso el
esfuerzo no puede ser sencillo. Las palabras de Atenea tocan una fibra sensible
de todo joven aristócrata griego, el deseo de ser alguien digno de un nombre
y fama. Algo a lo que solo los mejores hombres (los nobles ricos) podían
acceden en la antigua Grecia.
La
segunda pista que brinda Homero de que Telémaco está dejando de ser un niño es
la decisión hacer caso a Atenea e ir de viaje por su propia cuenta para recabar
noticias sobre su padre. La diosa se
ofrece a reclutar la nave y la tripulación. El proceder inmediato del muchacho
nos muestra que rápidamente está madurando frente a las circunstancias. Primero, decide no contar a ninguno de sus siervos
sus planes de salir de viaje y solo confiarle esto a la esclava que lo crio,
Euríclea. En el diálogo que tiene con la
anciana, que está temerosa de que Telémaco pierda la vida durante el viaje, ella lo
regaña dulcemente por su aparente imprudencia; sin embargo, la respuesta de Telémaco
es la de un hombre con madurez que se siente seguro de lograr su objetivo
porque está acompañado de los dioses. Esta respuesta demuestra dos cualidades
que hasta el momento no se habían visto en Telémaco, la prudencia y el
reconocimiento de las señales divinas, lo que marca su entrada en la edad adulta.
La
segunda parte del tratamiento que se le da a Telémaco en la Odisea implica el
reconocimiento de que ya es un hombre.
En los cantos tres y cuatro el príncipe de Ítaca visita a Néstor y a
Menelao. El primero es muy anciano, el
más sabio y elocuente de los griegos, que le recuerda la hazaña de Orestes, que
ha vengado a su padre matando al asesino Egisto. Esta sutil mención por parte de Néstor es un
aleccionamiento acerca del rol al que está obligado un hijo con su padre,
incluso si el progenitor ha muerto.
Por
su parte, Menelao que es el esposo de Helena, a quien le robaron a la mujer, reconoce a Telémaco solo por su similitud física con Odiseo. De nuevo, esta sutileza del narrador nos
muestra que el muchacho ya no es un adolescente tímido al que nadie toma en
cuenta, sino que se ha convertido rápidamente en un noble que es reconocido
por sus iguales en jerarquía y que es honrado no solo por una diosa que lo quiere
y lo protege sino también por los más insignes varones del mundo helénico.
El
capítulo cuatro se cierra con la vuelta de la narración a Ítaca donde los pretendientes
traman un plan para matarlo, lo que significa que no solo sus amigos lo han
legitimado, sino también sus enemigos al considerarlo como una amenaza que debe ser eliminada.
La estrategia para desarrollar este personaje desde eñ inicio de la Odisea es bastante
inteligente, ya que empieza por recordarle a la audiencia (en su mayoría
varones aristócratas) lo que en algún momento han vivido, la incertidumbre de
sentirse poco ser. Por supuesto, los varones excelsos siempre se sobreponen a
las dificultades.
Sin embargo, si extrapolamos esa narrativa a nuestro tiempo, son legítimas las preguntas ¿hemos
salido todos victoriosos de alguna hazaña similar en nuestras vidas?, ¿hay
dioses que nos ayudan a superar ese miedo que da el ingreso a la madurez? Creo
que uno de los momentos en que los jóvenes de nuestra sociedad viven su telemaquía
(aventura de Telémaco), es cuando acaban el colegio y tiene que enfrentarse ya
no a un simulacro, sino a la vida real. Porque el trabajo para los jóvenes de
clases bajas que se insertan al mercado laboral pronto y mal, y la universidad
o los estudios para quienes pueden ver subvencionada su educación implican
decisiones que afectarán a sus propias vidas y que serán su plena
responsabilidad. Quizá por ese motivo podemos identificarnos con el jovencito
que al principio de la historia no hace más que quejarse y lloriquear, pero
terminamos el libro viendo cómo se ha convertido en un hombre que puede vengar los
ultrajes del tiempo y cumplir su rol a cabalidad. Algo que muchos anhelamos lograr en nuestra mortal vida.

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