Por Andrés Agüero Gonzales
La narración de Conrad es, antes que nada, un viaje por la mente perturbada de Marlow que ha vivido los horrores de las empresas colonizadoras europeas de esa época. Para ejemplificar esta premisa, podríamos decir que no es la narración propia y minuciosa de unos caníbales que intentan comerse a los ingleses que los han contratado para guiarlos por la selva, sino la narración del horror de sentir que pueden ser devorados por esta especie de monstruo con forma humana. Conrad, con prosa inteligente y poética, evidencia, en muchos pasajes, la desesperación que puede sentir quien se encuentra atrapado en medio de la jungla africana, que cree que nunca debió de iniciar esa aventura ilógica y que, por haber cometido ese desvarío, no saldrá con vida de ese lugar. Nos presenta una radiografía tétrica del miedo y lo absurdo que es buscar algo que queríamos con ansias, pero que solo parece que nos destruirá.
La lectura de esta novela puede resultar cansada y poco alentadora para algunos lectores contemporáneos. Primero, por la estructura textual de párrafos largos y de descripciones minuciosas con un lenguaje elaborado y elegante (tendencia que en la narrativa actual está en desuso). También porque el centro de la acción narrativa no es una historia que se compone de hechos que se suceden desde un inicio pacífico, pasando por un momento álgido y terminando con un final inesperado o conmovedor; sino que se complace en detenerse en las reflexiones y la exposición de la mirada particular que tiene el narrador personaje de sus propias aventuras. Además, el relato está cargado de una atmósfera de pesimismo que por momentos genera esa sensación de asfixia que no siempre es bien recibida por lectores hedonistas. El texto es, sobre todo, una especie de repaso por los recuerdos de quien vivió los horrores de un viaje a un lugar que estaría muy cerca de lo que el personaje principal de la novela considera parecido al mismo infierno.
De la novela me han quedado algunas reflexiones. La primera es que, en la actualidad, para quienes vivimos en las ciudades, no existen lugares terrenos a los cuales se pueda marchar a vivir aventuras como las que narra Conrad. No pervive un gran continente inexplorado, al que podamos marchar con el imperativo de estar desconectados, al que habiten seres peligrosos de los cuales no sabemos nada y del que quizá no haya posibilidad de volver. Por supuesto, existen lugares de la tierra alejados y bellos, con sus consabidos peligros, a los que muchos aventureros van a buscar, aunque sea una gota de aventura paroxística. Pero estos lugares no representan en la actualidad lo que América entre los siglos XV y XVIII, ni el África hasta principios del siglo XX. Cada día que pasa, las modernas tecnologías que nos acercan los paisajes más increíbles a través de los celulares hacia el rostro vacío de nuestros pulgares nos van dejando cada vez más huérfanos de ese tipo de territorios y empresas alucinantes que el quijotesco Cervantes hubiera querido vivir, incluso en el Perú. En la actualidad, solo nos quedan remedos plásticos y comerciales como los que proyecta la National Geographic, esos tours que son puestas en escenas peripatéticas que suelen realizar los turistas (entre los que me encuentro algunas veces) para colocar en sus historias de Instagram y que se pueden pagar con una tarjeta de crédito, siempre que cuente con la suficiente solvencia que te dan, como ningún otro, los rostros de los expresidentes estadounidenses. La tecnología nos acerca el conocimiento de nuestro mundo, pero de modo inevitable nos roba la posibilidad de una épica como la de los conquistadores. Quizá los lugares análogos para estas aventuras sean las empresas espaciales que pretenden llevar al hombre a Marte o más allá (a veces he llegado a pensar que Elon Musk es una analogía de Pizarro, el porquero que capturó a Atahualpa).
Otra cuestión que me quedó flotando en la mente después de leer esta novela es que, en el Perú, al menos en los programas literarios preuniversitarios (que son los únicos que van quedando, porque en la escuela básica no interesa mucho la competencia literaria y en la mayoría de las universidades ya ni se dicta como curso general), no se estudia ninguna novela en la que se narren aventuras de este tipo. Seguramente existen relatos literarios acerca de la explotación del guano y salitre, pero no son novelas que se hayan difundido como otras narrativas, la andina o la urbana, quizá por el trauma que significó su pérdida violenta a manos de Chile en la guerra de 1879. Por otra parte, la selva es una región que los conquistadores españoles siempre vieron con recelo y hasta temor. La República la trató como un lastre -quizá por eso se permitió que Brasil, sin hacer ninguna guerra, se apoderara de una gran cantidad de territorio amazónico que pertenecía al Perú- y solo después de que se supo que el caucho era una fuente dineraria importante se la miró con lujuriosa codicia, pero para saquearla sin cuartel como se ha hecho a lo largo de la historia triste de nuestro pueblo. Sin embargo, sobre su colonización y la explotación del caucho no existe una novela que compita en difusión con las narrativas, por ejemplo, de Arguedas o Ribeyro. ¿Existe acaso una gran ignorancia respecto de las novelas de la aventura conquistadora en el Perú o no han sido fenómenos que hayan impactado significativamente el alma de nuestra cultura? Este es un tema de estudio y difusión pendiente.
Un tercer aspecto sobre el que la novela de Conrad me obligó a reflexionar es la capacidad aparentemente innata que tenemos los seres humanos para diferenciarnos de otros miembros de nuestra especie por cuestiones culturales. En el decurso del texto, el personaje en múltiples ocasiones se pregunta o insinúa si acaso él es igual que los salvajes o el vivir en ese contexto hostil lo va a deshumanizar y lo convertirá en “el otro”, “el salvaje africano”. Por supuesto, no se puede culpar a quien va a morir de no querer parecerse a sus victimarios, pero cuando el personaje se refiere a los africanos en el discurso narrativo es evidente que hay una operación inconsciente de deshumanización del otro (lo que algunos críticos han leído como un imperdonable racismo). Sin embargo, las atrocidades de la que es testigo el narrador personaje de la novela lo obligan a preguntarse si no es él mismo acaso más salvaje que los africanos. Quizá todos, al fin y al cabo, estamos hechos de la misma materia del espíritu. Esta posibilidad de encontrarse en el otro es algo que a muchas personas y a los políticos nos hace falta. Andamos por las ciudades muy seguros de quiénes somos y de nuestra importancia, pero no haría mal que nos preguntemos si no somos más parecidos de lo que pensamos que quien va en la acera de en frente o quien está en el otro extremo de nuestra forma de pensamiento.
La novela de Conrad es recomendable, quizá no para quien se inicia en la lectura de textos literarios, pero sí para quien quiera darse una vuelta por las miserias que quedan en el espíritu de quienes buscan una aventura llena de épica y heroísmo, pero terminan encontrando desolación, miedo, muerte y absurdo.
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